Los olores de Shanghái

27 Mar

Shanghái huele. Ni quiero ser, ni estoy siendo políticamente incorrecta. Creo que nadie que haya pisado Shanghái, la capital financiera de China, se atrevería a decir lo contrario. Cada rincón de esta inmensa ciudad desprende olores, a veces agradables para mi nariz, y otras, intolerables dentro de mis umbrales. Son olores diferentes, aunque tienen una base común, imperceptible pero reconocible, que uno detecta tan pronto abre la puerta de casa. Es ese tipo de olor que al principio desagrada a la pituitaria y que, a base de insistencia, la acaba conquistando.

A cualquier hora del día, Shanghái huele al vapor de agua con el que se cuecen los dumplings en los recipientes de bambú. Shanghái huele al cilantro de los caldos y las sopas que se sirven como entrada en los pequeños restaurantes. La ciudad huele a chòu dòufu -tofu maloliente o pestilente-, un tofu fermentado que se come como aperitivo. El aceite de sésamo con el que los cocineros fríen y vuelven a freír sus platos se adhiere a la ropa de los transeúntes. Llegan olores de vinagres y de salsa de soja. Y a toda esta mezcla se suman los diferentes aromas de los tés, verde, negro, de jazmín… Shanghái tiene un ligero olor dulce, tanto porque su cocina es de las más dulces del país, como por los diferentes puestos callejeros en los que se venden manzanas caramelizadas. La carne que se despedaza en medio de la calle o los pescados que flotan en “peceras” de agua semi-estancada a la espera de ser seleccionados por los comensales ofrecen matices a todos los olores descritos. Comino, cebolla china, berenjena, jengibre, judías… tienen su papel protagonista en esta atmósfera de olores.

Shanghái también huele a flores, las que se venden en pequeñas tiendas o en carros que sus vendedores transportan de un lugar para otro. Y huele a humedad, una humedad constante que se cala en los huesos durante los meses de invierno. Cuando uno sube al metro se encuentra con una extraña amalgama, la suma de los olores de todos los viajeros. Es otra comida, es otro sudor. Shanghái huele a suciedad, la que no se ve en las calles porque teniendo en cuenta las dimensiones de la urbe, no podría decirse que es una ciudad sucia. Huele a las castañas y las patatas que los chinos van comiendo mientras pasean. Shanghái huele a ropa tendida: las familias que viven en pisos de pocos metros cuadrados aprovechan el espacio público para secar su colada. Muchos shanghaineses lavan a mano sus ropas, en baños compartidos entre varios vecinos, y los jabones y detergentes se mezclan con la polución inodora. Los centenares de baños públicos son otro elemento para esta acuarela olfativa.

Shanghái huele a optimismo, en los rostros de la gente, en su forma de comportarse. Shanghái  huele a diversidad. Shanghái huele a evolución, a cambio constante.

Shanghái es la suma de estos y tantos otros olores, que despiertan a mi sentido y buscan, exploran sus límites. Olores desconocidos, olores puntiagudos, olores extremos… Shanghái huele. Y su olor me gusta.

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