Archive | March, 2012

Problemas de comunicación (1)

30 Mar

En mi corta o larga vida –según quién lo lea– nunca antes había estado en un país en el que la barrera idiomática fuera tan grande como en China. No es que haya recorrido toda la geografía mundial y, cierto, es la primera vez que piso Asia, pero normalmente el castellano, el inglés, el francés e incluso el lenguaje gestual me han permitido hacerme entender. A veces, las palabras se deducen por aproximación a la lengua de nuestro interlocutor y, mucha otras, uno requiere de toda una interpretación teatral para lograr que el otro entienda que le estamos preguntando si hay un bar cerca o si estamos en el camino correcto para llegar a la playa. En muchos lugares, basta con mostrar un mapa o una dirección escrita para que nos dirijan a través de signos. En Shanghái esto no sucede o raramente sucede.

Pese a que dicen que comparando la situación actual con la de hace escasos años, en Shanghái hoy se habla bastante inglés, mi impresión es que el porcentaje de personas que lo hablan es aún reducido. Además, cuando a alguien le preguntas si habla inglés y responde “a little“, en realidad uno debería entender que “a little” es un eufemismo de “no”.

La cuestión es que compré una lata de tomate para hacer un plato de pasta. Al llegar a casa me di cuenta de que no tenía abridor. Pospuse el menú para otro día, con la intención de acordarme que tenía que comprar un abrelatas. Pensé que lo mejor sería ir a la tienda con la lata para darles a entender lo que quería. Claro que, al final, el día que entré a la tienda, no la llevaba encima.

La tienda en la que entré es una tienda pequeñita. ¿7 metros cuadrados tal vez? Tienen productos domésticos de índole diversa: perchas, cubos, lámparas, cuerdas, bombillas, escobas y un largo etcétera. Empecé a buscar por las estanterías mientras el propietario me miraba atentamente intentando adivinar qué estaría buscando. Al final encontré que en un rincón tenía colgados pelapatatas y sacacorchos. No tenía abrelatas. Le señalé el sacacorchos y le intenté explicar con mímica que el sacacorchos es para sacar corchos de botellas y que yo necesitaba uno para abrir latas. Cuando le hice el gesto de abrir una lata, el vendedor frunció el ceño. Su cara reflejaba su pensamiento: “¿qué diablos está haciendo ésta?” Pasé de jugar a las películas, a jugar al Pictionary. Saqué mi libretita y le empecé a dibujar una lata. Le volví a hacer el gesto. Entonces le dibujé la tapa de la lata abierta después de haberla abierto con mímica. Miró el dibujo e hizo que “no” con su cabeza, que “no entendía”. Sé que no soy una gran dibujante –en realidad creo que soy pésima– pero esa misma tarde puse a prueba mi dibujo con algunos amigos europeos y todos entendieron mi dibujo. Pasé al asalto final: invadí su ordenador. Le pregunté en inglés si podía utilizarlo, claro que se lo podría haber preguntado en catalán, para él era lo mismo y sólo vio que me sentaba en su silla, frente a su PC y empezaba a teclear. Introduje en el Google translator inglés-chino la palabra can opener. Nos dio la traducción en chino. Ni así. Fuimos a Google images con la palabra en chino. Miró las fotos de diversos tipos de abrelatas, desde los más sencillos a los más avanzados. Miró de frente e inclinando la cabeza, como si de este modo fuera a tener una mejor perspectiva del artilugio. “Mei you”, me dijo. No tenían abrelatas y, por su comportamiento, creo que nunca había visto uno. Así que en este caso dudo si fue un problema de comunicación o que le estaba intentando describir, dibujar y explicar una herramienta que para él no existía.

Volví a posponer mi plato de pasta con tomate.

A los dos días, en otra tienda, vi que tenían sacacorchos… Entré y al lado de los pelapatatas, tenían también abrelatas. Lo compré, sin necesidad de gestos ni dibujos. Llegué a casa triunfal, lista para ponerme a cocinar el tomate para la pasta.

Advertisements

Los olores de Shanghái

27 Mar

Shanghái huele. Ni quiero ser, ni estoy siendo políticamente incorrecta. Creo que nadie que haya pisado Shanghái, la capital financiera de China, se atrevería a decir lo contrario. Cada rincón de esta inmensa ciudad desprende olores, a veces agradables para mi nariz, y otras, intolerables dentro de mis umbrales. Son olores diferentes, aunque tienen una base común, imperceptible pero reconocible, que uno detecta tan pronto abre la puerta de casa. Es ese tipo de olor que al principio desagrada a la pituitaria y que, a base de insistencia, la acaba conquistando.

A cualquier hora del día, Shanghái huele al vapor de agua con el que se cuecen los dumplings en los recipientes de bambú. Shanghái huele al cilantro de los caldos y las sopas que se sirven como entrada en los pequeños restaurantes. La ciudad huele a chòu dòufu -tofu maloliente o pestilente-, un tofu fermentado que se come como aperitivo. El aceite de sésamo con el que los cocineros fríen y vuelven a freír sus platos se adhiere a la ropa de los transeúntes. Llegan olores de vinagres y de salsa de soja. Y a toda esta mezcla se suman los diferentes aromas de los tés, verde, negro, de jazmín… Shanghái tiene un ligero olor dulce, tanto porque su cocina es de las más dulces del país, como por los diferentes puestos callejeros en los que se venden manzanas caramelizadas. La carne que se despedaza en medio de la calle o los pescados que flotan en “peceras” de agua semi-estancada a la espera de ser seleccionados por los comensales ofrecen matices a todos los olores descritos. Comino, cebolla china, berenjena, jengibre, judías… tienen su papel protagonista en esta atmósfera de olores.

Shanghái también huele a flores, las que se venden en pequeñas tiendas o en carros que sus vendedores transportan de un lugar para otro. Y huele a humedad, una humedad constante que se cala en los huesos durante los meses de invierno. Cuando uno sube al metro se encuentra con una extraña amalgama, la suma de los olores de todos los viajeros. Es otra comida, es otro sudor. Shanghái huele a suciedad, la que no se ve en las calles porque teniendo en cuenta las dimensiones de la urbe, no podría decirse que es una ciudad sucia. Huele a las castañas y las patatas que los chinos van comiendo mientras pasean. Shanghái huele a ropa tendida: las familias que viven en pisos de pocos metros cuadrados aprovechan el espacio público para secar su colada. Muchos shanghaineses lavan a mano sus ropas, en baños compartidos entre varios vecinos, y los jabones y detergentes se mezclan con la polución inodora. Los centenares de baños públicos son otro elemento para esta acuarela olfativa.

Shanghái huele a optimismo, en los rostros de la gente, en su forma de comportarse. Shanghái  huele a diversidad. Shanghái huele a evolución, a cambio constante.

Shanghái es la suma de estos y tantos otros olores, que despiertan a mi sentido y buscan, exploran sus límites. Olores desconocidos, olores puntiagudos, olores extremos… Shanghái huele. Y su olor me gusta.

Lo de Roberto

9 Mar

Vaig anar-hi per error. Bé, tampoc va ser ben bé un error: buscava un lloc, dels autèntics, allunyat dels circuits turístics i de les sumes astronòmiques, per veure tango ballat. Cercant, cercant, vaig donar amb una recomanació del boliche de Roberto, que destacava Alfosina Storni i Carlos Gardel entre els seus clients habituals. Aquests dos noms van despertar el meu interès pel local, emplaçat a una cantonada de la plaça Almagro, al barri del mateix nom.

En arribar em vaig adonar de l’error: la petita tarima d’1×1 (màxim 2×2), la barra del bar i les sis taules amb cadires –a tocar les unes de les altres–, evidenciaven que no es tractava d’una sala de ball de tango. El propietari em va comentar que, com cada dissabte, “l’espectacle” començaria a les onze de la nit. “Tango cantat, no?” I gràcies a aquesta confusió vaig descobrir lo de Roberto, un lloc carismàtic.

Recorda a les nostres bodegues de barri, on la fusta abunda, les copes tenen un color mig entelat pel pas dels anys, i el vi se serveix directament de la barrica. Hi ha clientela habitual, autòctons i estrangers, picades per compartir, bon ambient i una llum tènue per il·luminar l’escena.

Un guitarrista i una cantant pugen a l’escenari. El local està ple. Falta lloc: totes les cadires estan ocupades; hi ha gent de peu recolzada als frigorífics; hi ha més gent a la barra, al darrere de la qual hi ha un moviment frenètic dels cambrers. El primer tango comença a sonar. Ella, veu potent, busca les mirades de complicitat entre aquells qui l’escolten. Teatralitza la història que canta. El públic l’acompanya en la lletra, riu, aplaudeix. Ell, guitarra en mà, segueix el seu ritme sense perdre-la de vista.

Lo de Roberto existeix des de 1894, quan era conegut com “12 de octubre”. Abans era altra cosa. Sempre abans era altra cosa. L’estil, però, i l’essència es mantenen intactes.

S’hi respira melancolia. S’hi respira la nit secreta de Buenos Aires, entre fernet i copes de vi. Puja llavors un segon cantant de tango, crec que es diu Osvaldo. Deu rondar els vuitanta. La veu no acompanya el cos envellit. Amb la seva mirada clara i els seus gestos enèrgics, captiva el seu públic.

“El Boliche De Roberto…donde vas a terminar de entender a Buenos Aires y sus habitantes”.

La nit segueix a lo de Roberto, perquè la nit sempre és eterna en aquest racó d’Almagro.